07 enero 2012

Animales de hermosa piel. Marguerite Yourcenar/1976

Por estos días estoy desempolvando lecturas en mi biblioteca, y me encontré con algunos textos de Yourcenar que son joyas para compartir.
La validez y actualidad que imprimen sus letras, me hacen recordar que para renovarse también hace falta mirar el pasado, pensando en la actualidad y cuidando el futuro que queremos. Acá se los dejo, tal cual…

“Me piden que colabore en un libro titulado las coléricas. No me gusta ese título: apruebo la indignación que tantas ocasiones tiene, en nuestros días, para ejercitarse, pero no puedo decir que apruebe la cólera, esa pequeña irrupción individual que descalifica, ahoga y ciega. Tampoco me gusta el hecho de que este libro sea elaborado exclusivamente por escritoras. No restablezcamos los compartimientos para mujeres solas.
No obstante, si escribo estas líneas porque imagino, con razón o sin ella, que un libro escrito por mujeres será leído por mujeres y es a ellas, sobre todo, a quienes va dirigida esta protesta. Cuando alguna vez –en la sala del dentista C de un médico- se me ocurre hojear una revista de modas femenina, sobre todo de esas de lujo y en papel satinado, paso rápidamente, tratando de no verlos, como si se tratase de fotografías pornográficas, unos anuncios que ocupan toda la página y en los cuales se han derrochado todas las seducciones tecnicolor. Son unos anuncios en donde se pavonean individuos femeninos envueltos en suntuosos abrigos de pieles. Estas mujeres jóvenes a quienes cualquier ojo capaz de ver por detrás de las cosas vería chorreando sangre, se envuelven en los despojos de unas criaturas que respiraron, comieron y durmieron, que buscaron una pareja para sus juegos amorosos, que amaron a sus crías, a veces hasta el punto de dejarse matar para defenderlas y que, como hubiera dicho Villon, “murieron con dolor”, como lo haremos todos, pero cuya muerte se la infligimos nosotros con salvajismo.
Más aún, muchas de esas pieles proceden de animales cuya raza, que desde hace millares de años antedataba a la nuestra, va a pagarse y desaparecer si es que no ponemos remedio, antes de que esas lindas mujeres que las lucen hayan llegad a la edad de las arrugas.
Antes de que pase una generación, la matera rima de esos “objetos de standing” –como se dice pero como no habría que decir –será no sólo “imposible de encontrar” o “inabordable” sino que ya no existirá. A todos los que damos nuestro esfuerzo y nuestro dinero (aunque nunca lo bastante de lo uno ni de lo otro) para tratar de salvar la diversidad y la belleza del mundo, esas matanzas nos repugnan. Pero no ignoro que esas mujeres jóvenes de las revistas de modelos: se engalanan con esas “cabelleras arrancadas” porque es su oficio, igual que lo hacen, por lo demás, con un sostén o unas bragas diminutas llamadas, en honor de una explosión atómica (otra curiosa asociación de ideas)… un bikini. Esas inocentes cumplen un servicio “mandado” (aunque probablemente quisieran que aquellos abrigos les perteneciesen), pero no dejan de representar a todo un pueblo de mujeres: las que se comen con los ojos esas imágenes soñando con un lujo para ellas inaccesible, y las que poseen esa clase de despojos y los exhiben como una muestra de su fortuna o de su rango social, de su éxito sexual o profesional, o asimismo como un accesorio con el que cuentan para embellecerse y seducir.
En fin arrebatemos a esas damas sus últimos trapos de disculpa. En nuestros días y aunque vivan no ya en París sino en Groenlandia, no necesitan esas pieles para calentarse la suya. Existen muy buenas lanas, muy buenas fibras y muy buenas prendas que irradian calor para no verse obligadas a transformarse en “animales de hermosa piel”, como seguramente les ocurría a las estantiguas de la prehistoria.Pero estoy atacando únicamente a las mujeres: los tramperos son hombres; los cazadores son hombres y los peleteros también. El hombre que entra orgulloso en un restaurante con una mujer envuelta en la hermosa piel de una animal, es eminentemente un hombre, aunque no necesariamente un homo sapines. En ese campo, como en tantos otros, los sexos se encuentran en perfecta igualdad”