14 agosto 2009

Sobre humanidad, discrepancias y respeto.- Sygmunt Bauman and Hannah Arendt


"El mundo no es humano por el simple hecho de estar hecho por humanos, y no se vuelve humano por el simple hecho de que la voz humana resuene en él, sino sólo cuando se ha convertido en objetivo del discurso (...) Sólo humanizamos lo que está sucediendo en el mundo y en nosotros cuando hablamos de ello, y es al hablar que aprendemos a ser humanos.
A esta humanidad que se alcanza en el discurso de la amistad, los griegos llamaban Filantropía, "Amor al hombre", ya que manifiesta en sí misma la disposición de compartir el mundo con otros hombres" (Hannah Arendt, "On Humanity in dark times")

Estas palabras de Hannah podrían -y deberían- ser leídas como prolegómeno de todo esfuerzo futuro dirigido a revertir la corriente y acercar a la historia a su ideal de "Comunidad humana". Siguiendo a Lessing, su héroe intelectual, Arendt asegura que "la apertura a otros es el prerrequisito de la humanidad en todo el sentido de la palabra. El diálogo verdaderamente humano difiere de una mera charla o incluso de una discusión en la que es completamente permeable al placer que produce el otro y lo que dice". Según Arendt, "el gran mérito de Lessing fue complacerse en la infinidad de opiniones que surgían cuando los hombres discuten los asuntos del mundo".

Que haya otros que setén en desacuerdo con nosotros (que no tomen en cuenta lo que hacemos sino lo que no hacemos, que crean que sería provechoso para la unidad humana basarse en valores diferentes de aquellos que nosotros consideramos superiores, y, por sobre todas las cosas, que dudan de que tengamos acceso directo a la verdad absoluta y por lo tanto sepamos exactamente donde debe terminar la discusión incluso antes de que empiece) no es un escollo en el camino hacia la comunidad humana. Lo que sí es un escollo es nuestra convicción de que nuestras opiniones SON la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad y sobre todo la única que existe, y nuestra creencia de que las verdades de los demás, si son diferentes a las nuestras, son "meras opiniones".

El mensaje de Lessing/Arendt es bien directo. Encomendar la verdad a Dios significa dejar la cuestión de la verdad, la cuestión de "quién tiene la razón", abierta. La verdad sólo puede emerger al final de una conversación, y una conversación genuina (es decir aquella que no es un soliloquio disfrazado) ninguno de los interlocutores sabe o puede saber a ciencia cierta cuándo llegará a su fin (en caso de que lo haya) Un hablante, así como un pensandor piensa en "modo hablante", no puede, como señala Franz Rosenzweig, "anticipar nada. Debe ser capaz de esperar, ya que su palabra depende de la palabra del otro. Necesita tiempo"