13 julio 2009

Enamorarse y desenamorarse.- Sygmunt Bauman

"Tal como observó Knud Lögstrup -primero, el amable evangelista de la parroquia de Funen y, más tarde, el filósofo ético con voz de clarín de la Universidad de Aarhus-, hay dos perversiones divergentes que esperan, emboscadas, al comunicador desprevenido o irreflexivo. Una es la "clase de asociación que, debido a la pereza, el miedo a la gente o una propensión por las relaciones cómodas, consiste simplemente en tratar de complacer al otro evitando siempre el tema. Con la posible excepción de una causa común contra un tercero, no hay nada que promueve tanto una relación cómoda como la mutua adulación". Otra perversión consiste en "querer cambiar a la gente. Tenemos opiniones definidas acerca de cómo hacer las cosas y de cómo deberían ser los otros. Estas opiniones carecen de comprensión, porque cuanto más definitivas son las opiniones, tanto más necesario es que no nos distraigamos comprendiendo demasiado a los que queremos cambiar".

El problema es que ambas perversiones suelen ser hijas del amor. La primera perversión puede ser resultado de mi deseo de comodidad y paz, tal como sugiere Knud. Pero también puede ser - y suele ser así- producto de mi amoroso respeto por el otro: te amo, y por eso te dejo ser como eres y como quieres ser, por más que dude de la sabiduría de tu elección. A pesar del daño que tu la obstinación pueda causarte, no me atrevo a contradecirte, para que no te veas obligado en elegir entre tu libertad y mi amor. Puedes contar con mi aprobación pase lo que pase... y como el amor sólo puede ser posesivo, mi generosidad amorosa está asistida por la esperanza: este cheque en blanco es un don de mi amor, un don precioso que no se encuentra en otra parte. Mi amor es ese tranquilo refugio que buscabas, y que necesitabas aunque no lo buscaras. Ahora puedes descansar y dejar de buscar...

Es la posesividad del amor en acción, pero una clase de posesividad que se manifiesta en la contención y el autodominio.

La segunda perversión es la de la posesividad del amor dejada en libertad sin ninguna restricción. El amor es una de las respuestas paliativas a la bendición/maldición de la individualidad humana, uno de cuyos atributos es la soledad que provoca la condición de estar separado del resto (tal como sugiere Erich Fromm, los humanos de todas las épocas se enfrentan con la respuesta a la misma pregunta: la que plantea cómo superar la separación, cómo lograr la unión, cómo transcender la vida individual y "encontrarse siendo uno con otros") Todo amor está teñido del impulso antropofágico. Todos los amantes quieren dominar, extirpar y limpiar la irritante alteridad que los separa del ser amado; la separación del amado es el miedo más intenso del amante, y muchos amantes llegan a cualquier extremo para exterminar de una vez por todas al espectro de la despedida. ¿Y qué mejor medio de alcanzar ese objetivo que convertir al amado en parte inseparable del amante? adonde vayas yo voy; lo que hagas, lo hago; lo que yo acepte, tú lo aceptas; lo que yo aborrezca, lo aborrecerás tú. Si no puedes ser mi gemelo siamés... ¡Sé mi Clon!

La segunda perversión tiene otra raíz, que se hunde en la adoración del amante por el amado. En su introducción a la colección de textos que lleva como título Philosphies of love, David Norton y Mary Kille relatan la historia de un hombre que invitó a cenar a sus amigos para que conocieran la perfecta encarnación de la belleza, la virtud, la sabiduría y la gracia, en suma, a la mujer más adorable del mundo. Más tarde, ese mismo día, ante la mesa del restaurante, los amigos invitados se esforzaron por ocultar su asombro: era esa la criatura cuya belleza obnubilaba la de Venus, Elena y Lady Hamilton. A veces resulta dificil distinguir la adoración del amado de la adoración a uno mismo; se puede atisbar el rastro de un ego expansivo pero inseguro, desesperado por confirmar sus inciertos méritos por medio de su reflejo en el espejo o, mejor aún, de un adulador retrato, laboriosamente retocado. ¿No es cierto, acaso, que algo de mi valor único se le ha contagiado a la persona de yo he elegido para que sea sólo mi compañera? En el dislumbrante brillo de la elegida, mi propia incandescencia encuentra su reflejo centelleante. Eso aumenta mi gloria, la confirma y la respalda, transmite la noticia y la prueba de mi gloria a donde quiera que vaya.

Mi amada podría ser una tela donde pintar mi perfección en toda su magnificencia y esplendor, ¿pero no aparecerán manchas y borrones? Para limpiarlos, o para ocultarlos en caso de que estén muy adheridos y sea imposible eliminarlos, hay que limpiar y preparar el lienzo antes de empezar a pintar, y luego estar muy atento para asegurarse de que los rastros de la antigua imperfección no emergerán de su escondite bajo sucesivas capas de pintura. Cada momento de descanso tiene un precio, hay que restaurar y repintar sin descanso...

Ese esfuerzo infinito también es una labor amorosa. El amor estalla de energia creativa; una y otra vez esa energía se libera a través de una explosión o de un flujo constante de destrucción. Mientras tanto, la persona amada se ha convertido en una tela. Preferentemente una tela en blanco. Sus colores naturales se han desteñido, de modo de no alterar o desfigurar el retrato del pintor. El pintor no necesita preguntarse cómo se siente la tela allá abajo, sosteniendo toda esa pintura. Las telas de lienzo no hablan. Pero las telas humanas a veces pueden hacerlo".